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CATALAXIA

 

           

            La catalaxia o cataláctica es una teoría praxeológica acerca de la manera en la que un mercado libre fija los precios y los intercambios en un mecanismo de orden espontáneo, que normalmente se produce sin necesidad de que haya objetivos comunes ni planificados entre los agentes económicos. Este vocablo se utiliza muy poco, pero los inicios de la economía como ciencia antes de la existencia de la Antigua Grecia, a lo que hoy llamamos economía, se le llamó cataláctica o ciencia de los cambios. Precisamente, los cambios de mercancías entre personas fueron el origen del comercio, fijación de costes, precios y todo lo que supone el habitual mecanismo económico. Dicho de otra manera, la catalaxia fue la que trasladó el antiguo trueque de mercancías al actual precio de mercancías. El precio de las mercancías se puede definir como el intercambio de mercancías mediante una unidad común y aceptada por todos, que es el dinero.

            En el liberalismo económico, en el que se fundamenta la mayor parte de la gestión económica actual, la relación de intercambio, o precio, es fijada por unidades monetarias. Según la oferta y la demanda que exista, los precios suben o bajan, más bien suben porque son rígidos a la baja y generan situaciones muy negativas para la economía de un país, la llamada inflación, que a su vez se puede medir temporal o parcialmente, y que es una de las más graves situaciones económicas de un país porque repercute en toda la producción económica.

            Frente a una inflación generada por el liberalismo y librecambismo económico, existen algunas medidas de países autoritarios y autocráticos en los que se permite la intervención de precios; es decir, que las autoridades fijan el precio que han de tener todos y cada uno de los productos, generalmente los de primera necesidad, y a él deben sujetarse los vendedores. Es lo que se llama poner topes al precio de los productos, para lo cual, el Gobierno se basa en determinadas ideologías y con el horizonte puesto en favor del consumidor, para que pueda tener medios suficientes de subsistencia. El caso más frecuente es el del sistema comunista, en el cual el precio de los productos los fija el Estado, incluso la calidad, cantidad, número y cuantía a adquirir por cada consumidor. Esto lo podemos ver en países excesivamente socializantes o comunistas en los que para adquirir los bienes que necesita el público forman una larga cola y se suele decir que en los países de economía liberal y capitalista el precio lo fija el mercado, mientras que en otros países que tienen intervención de precios, lo fija la longitud de las colas que hay para obtener cualquier producto. El paso siguiente de este último caso es el racionamiento.

            La catalaxia tiene el objetivo de analizar todas las acciones basadas en el cálculo económico y rastrean la formación de precios hasta el punto en el que el agente económico elige. Explica los precios de mercado como son, no como debiesen ser idealmente. Las leyes de la catalaxia no son juicios de valor, pero pretenden ser exactos, objetivos y dotados de validez universal. La sistematización de la catalaxia fue estudiada por los economistas más destacados de la escuela austríaca, entre ellos Ludwig von Mises (1881-1973) y Friedrich Hayek (1899-1992). Uno de los economistas de la escuela austríaca llamado Richard Whately (1787-1863) es el que impuso el nombre de catalaxia a la relación de intercambio entre los bienes medida por una unidad común que es el dinero.

            Desde entonces han surgido miles y miles de teorías sobre la fijación de precios, en los cuales puedo citar algunos como los costes de producción, que incluyen el trabajo de los operarios, el uso de maquinarias y todos los elementos que se usan y gastan para producir, a los cuales se les llama valor objetivo. Frente a ello están los deseos y satisfacciones que el producto tiene para el comprador y la medición del precio está muy relacionada con su necesidad, moda, vestimenta u otros productos. La medición cuantitativa, en este caso, es más difícil, pero se considera como el valor subjetivo de la mercancía. En las economías liberales y modernas se combinan ambos valores objetivos y subjetivos para determinar los precios, los cuales, por la razón del pensamiento de cada comprador, la moda, publicidad, comodidad para alcanzarlo, etcétera, dan lugar a una cierta variabilidad de los precios, que en el caso más grave, puede llegar a suponer una hiperinflación.

            Me he permitido hacer esta introducción por la información que últimamente estamos teniendo de que España ha entrado en una inflación superior al diez por ciento anual, algo que no ocurría desde hace treinta años y que el ejecutivo tendrá que elaborar algunas medidas con el fin de atajar o reducir, en lo posible, el precio de algunos productos, incluso de primera necesidad, a los que se ha llegado a tasas de inflación, medidas por el Índice de Precios al Consumo (IPC) del doscientos e incluso trescientos por cien. España se está encontrando con una situación muy desagradable, un empobrecimiento de las familias e, incluso, algunas limitaciones en el número de productos, bienes o servicios, que se suministran. Para paliar en lo posible esta situación, algunos Ministros del Gobierno, sobre todo la Vicepresidenta Segunda, Yolanda Díaz (1971) y el Ministro de Consumo, Alberto Garzón (1985), tienen una serie de propuestas en las que los precios los van a reducir mediante eliminar la comisión, las tareas, los trabajos y demás cuestiones que los supermercados llevan a cabo, por ejemplo en la agroindustria, culpándole de esta situación a los intermediarios, ya que entienden que el producto agrícola cultivado en el bancal se suele vender en los supermercados a un precio cuatro o cinco veces superior al que recibe el agricultor.

            Para mí no es exactamente así, ya que desde que se recolecta el producto, hasta llegar a los lineales de los supermercados, han de seguir unos caminos tales como transporte, inspección sanitaria, selección de producto, presentación adecuada, comodidad en la distribución y otros complementos en los que trabajan los empaquetadores, fabricantes, publicistas, transportistas, vendedores al por mayor, etcétera. Digo que no es exactamente así porque según he podido estudiar en un caso presentado en el periódico “El Economista”, resulta que el incremento de precio desde el bancal del agricultor al lineal del supermercado supone el incremento del doscientos ochenta por ciento por los impuestos de todo tipo que se generan, por ejemplo Impuesto del Valor Añadido, impuestos sobre energías, impuestos sobre medios de transporte, etcétera, etcétera. O séase, no es la malevolencia del intermediario la que encarece el producto, sino que es el propio Estado con una legislación tributaria muy rigurosa. Pues bien, a pesar de ello, la Vicepresidenta Segunda del Gobierno y el Ministro de Consumo siguen en su empeño de reducir los márgenes de los intermediarios fijando ellos el precio que entienden como “justo” y, además, señalar cuáles son los productos y alimentos que se deben consumir, despreciando algunos que parece que no son, según ellos, muy adecuados para el organismo humano. En concreto, a este paso, los ciudadanos españoles no podrán elegir los productos que deseen, sino solamente los que diga el Ministerio de Consumo y, además, en cuantías determinadas. Me parece poco democrático y es una especie de cierre de la oferta y demanda productiva y de las bases de la economía.

            Esta tesitura no está avalada por la mayoría del resto de miembros del Consejo de Ministros, y la Vicepresidenta Primera del Gobierno, Nadia Calviño (1968), que no está de acuerdo y aboga, como suele ser en toda la Unión Europea y países desarrollados occidentales, por la libre competencia y no intervenir en los márgenes empresariales desde que se obtiene el producto hasta que se vende.

            El debate está abierto y las opiniones respecto a la fijación de precios por parte del Gobierno, sobre todo de los alimentos, está prohibida por la Unión Europea, y así lo aplica el Gobierno Español con la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC), por lo que cualquier decisión de poner tope a los precios es ilegal. La fijación entre operadores de precios máximos, incluso bajo el auspicio por el impulso de autoridades públicas, es un acuerdo de precios de los prohibidos expresamente por la normativa de la CNMC. Por otro lado, no conozco manifestaciones expresas del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación respecto al precio de los alimentos y no puedo prever qué es lo que va a ocurrir a corto plazo, ya que los precios, si son fijados por el Gobierno, es lo que se llama “discriminación de precios”, algo poco recomendable en una correcta economía.

            Esta situación se está transformando en algo belicoso, sobre todo por la ideología de la Vicepresidenta Segunda del Gobierno y del Ministro de Consumo que insisten y persisten en la conveniencia de que los beneficios de la banca y de otras grandes empresas no sirvan para retribuir a los accionistas y se dediquen a resolver necesidades sociales de los ciudadanos, a lo que hay que añadir este nuevo tema de cómo se calculan los precios según la trayectoria que lleven, sobre todo los alimentos, desde su cultivo hasta su consumo en la propia casa o en un restaurante.

            Un tema más para conocer la idiosincrasia de las recetas económicas del actual Gobierno español.           

Vicente Llopis Pastor

 29 de octubre de 2022

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