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ECONOMISTAS ESPAÑOLES: DON JUAN ÁLVAREZ MENDIZÁBAL (1790-1853)

 

Siguiendo la serie de economistas que ha habido en España desde el siglo XVI hasta hoy, incluyo a don Juan Álvarez Mendizábal (1790-1853), al que se le identifica como economista y como político. Quizás fuera más político que economista, ya que ocupó elevados cargos en la Administración Pública española llegando a ser Presidente del Consejo de Ministros, y se le recuerda por la “Desamortización Eclesiástica” que llevó a cabo cuando fue Presidente del Consejo de Ministros, en el año 1836. Pero también fue un economista liberal, con todo lo que supone de no intervencionismo del Estado, funcionamiento del mercado, librecambismo, etcétera.

            Don Juan de Dios Álvarez Méndez, nació en Chiclana de la Frontera (Cádiz), el 25 de febrero de 1790, falleciendo en Madrid el día 3 de noviembre de 1853. Cambió su apellido Méndez por el de Mendizábal, ya que Méndez era algo frecuente entre los judíos que se pasaron al catolicismo, es decir, que no tenían lo que en España se llamaba “pureza de sangre”, y a los que se llamaba “marranos”, tal como fue el caso de Santa Teresa de Jesús (1515-1582), eximia escritora española, Doctora de la Iglesia y fundadora de las Hermanas Carmelitas Descalzas, y que en el argot vulgar de su tiempo se le nombraba como “marrana” porque procedía de una familia de judíos.

            Juan de Dios Álvarez Méndez sustituyó su segundo apellido por el de Mendizábal, muy propio de Bilbao y sus entornos, al que no llegaron los musulmanes y judíos y, por tanto, era una forma indirecta de entender que tenía una verdadera limpieza de sangre y, en cierto modo, le sirvió para escalar puestos en la Administración Pública, el Gobierno español e, incluso, para hacer negocios, en los que tuvo mucho éxito y se enriqueció extraordinariamente. Miembro de la burguesía comercial gaditana, actuó como proveedor del Ejército español, que por aquellos tiempos atendía varios frentes de batalla, entre ellos el Ejército organizado por Fernando VII (1784-1833) para recuperar las colonias españolas en América, que se independizaron alrededor del año 1820, junto con numerosas conspiraciones que hubo en España durante el siglo XIX y las Guerras Carlistas, el enfrentamiento de España frente a los Cien Mil Hijos de San Luis, comandados por el Duque de Angulema, Luis Antonio de Francia (1775-1844), que fue el último Delfín de Francia (1824-1835), hijo primogénito del Rey Carlos X de Francia (1757-1836); y a su nacimiento, el Rey Luis XVI (1754-1793) de Francia le otorgó el título de Duque de Angulema.

            Durante el Trienio Liberal (1820-1823) en el que Fernando VII gobernó basándose en la Constitución de 1812, Juan Álvarez Mendizábal no ocupó cargos políticos, pero su significación le obligó a exiliarse cuando llegaron los Cien Mil Hijos de San Luis y restablecieron el absolutismo monárquico en la persona del Fernando VII. Sus actividades comerciales en Inglaterra le proporcionaron una gran fortuna, tanto como suministrador del Ejército español como creador de algunas industrias que conoció durante su exilio en Europa. Su prestigio político entre los exiliados liberales se acrecentó cuando contribuyó a financiar la expedición militar británica que acabó con el absolutismo en Portugal, y aseguró en el trono a María II (1819-1853).

Por tal motivo, la corriente progresista del liberalismo español le propuso como alternativa para sustituir en el Gobierno al moderado Francisco Martínez de la Rosa (1787-1862), en el año 1835. Como curiosidad, se puede decir que Martínez de la Rosa siempre tenía contestaciones y buenas relaciones con los líderes de diversos partidos políticos, aunque no era más que un contemporizador y por ello se le denominaba “Rosita la pastelera”. Un movimiento revolucionario obligó a la Regente María Cristina de Borbón (1806-1878), madre de la Reina Isabel II (1830-1904), a entregar el poder a Mendizábal, que fue nombrado Ministro de Hacienda y Primer Ministro, durante los años 1835 a 1836.

            La medida más significativa que adoptó fue la llamada “Desamortización de Mendizábal” (1836), que no fue la primera que hubo en España, ya que anteriormente la hubo con otros Ministros. La Desamortización es un proceso de nacionalización de los bienes del clero regular, para venderlos en pública subasta; aquella medida de Mendizábal, inspirada por la Revolución Francesa, tenía por objeto dinamizar la economía agrícola de nuestro país, sacando al mercado libre el ingente patrimonio inmobiliario acumulado por los clérigos seculares, órdenes religiosas y civiles, formando además con los compradores, una clase media dispuesta a apoyar el régimen liberal y la causa de Isabel II; al mismo tiempo, la operación serviría para reducir la agobiante deuda pública y proporcionar al Estado medios económicos con los que financiar las guerras, tanto en Hispanoamérica como las Guerras Carlistas que tuvieron varias fases durante el siglo XIX y que a tal efecto, el Gobierno decretó la “quinta de cien mil hombres”.

            La desconfianza de la Regente le impidió completar su programa con la revisión del Estatuto Real, en el que se incluía la autoridad de la Regente, que no pudo llevar a cabo y por tal razón dimitió en 1836. No obstante, un nuevo movimiento revolucionario le permitió recuperar la cartera de Hacienda, en 1836-1837, extendiendo las medidas desamortizadoras a los bienes del clero secular y decretando la extinción del diezmo eclesiástico. Posteriormente volvió a ocuparse del mismo Ministerio de Hacienda en 1843. Tas la toma del poder por sus adversarios moderados, se exilió en 1844-1847. Luego regresó a España y ejerció, hasta su fallecimiento, como Diputado progresista.

            Álvarez Mendizábal ocupó muchos cargos políticos, entre ellos, Presidente del Consejo de Ministros de España (1835-1836); Ministro de Hacienda (1835-1836); Ministro de Hacienda (1843); Ministro de Estado (1835-1836), siempre en representación del Partido Progresista. Falleció el 3 de noviembre de 1953 y está enterrado en el Panteón de Hombres Ilustres, en Madrid.

            Pero la razón de estos artículos que estoy redactando son los de hablar de los economistas españoles, y en el caso de Mendizábal, se manifestó en favor del liberalismo económico, que promueve la libertad económica y está en contra de la intervención del Estado en la economía. Surgió en Europa y fue desarrollado durante la Ilustración, desde finales del siglo XVIII, como una reacción a la intervención de los Estados en materias económicas. Este pensamiento fue llamado, en sus orígenes, librecambismo, y es el que fundamentó las aportaciones de los llamados economistas clásicos, es decir Adam Smith (1723-1790); David Ricardo (1772-1823); Thomas Robert Malthus (1766-1834) y John Stuart Mill (1806-1873). Este liberalismo económico se resume en la expresión francesa “laissez faire, laissez passer”, traducido al español como “dejar hacer, dejar pasar”, en el que también se añade la expresión “le Mond va lui mên”, “el mundo va por sí mismo”, que es el lema de la fisiocracia, en la que destacan la libertad de circulación de mercancías, pero siempre se basa en un fuerte apoyo a la economía de mercado y a la propiedad privada.

Esta ideología de liberalismo económico y de mercado le sirvió a Mendizábal para ser uno de los proveedores del Ejército español, que a lo largo del siglo XIX tuvo frentes de batalla en Hispanoamérica, en África, en Filipinas y las Guerras Carlistas, lo cual le sirvió para enriquecerse y transformarse en un hombre acaudalado, en ocasiones asociado a Vicente Bertrand de Lis (1772-1857); después de su trayectoria como político se dedicó a los negocios, y entre ellos, creó una empresa de importación de carey de Birmingham, Inglaterra, para fabricar peines. Un hombre excepcional que pudo combinar su poder político con su poder económico, y que fue un gran revolucionario con la Desamortización (1836), en la que la Iglesia perdió buena parte de sus propiedades y posesiones pero no alcanzó el objetivo de equilibrio entre Iglesia, Estado y ciudadanos; ya que quienes compraron los bienes desamortizados, llamados “manos muertas” como metáfora a un cadáver al que es difícil extraerle una sortija o abalorio que lleve en los dedos. Al final, lo que consiguió fue que los ricos de entonces fueran más ricos todavía por la adquisición en subasta de los bienes de la Iglesia desamortizados, y se crearan latifundios, que todavía existen en las zonas de Castilla, Extremadura, Andalucía y buena parte del resto de España.

Estimado lector, hasta el próximo artículo.

 

 

                  Vicente Llopis Pastor

24 de septiembre de 2021

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