Un país, si está definido y mantiene una forma de Estado, se puede
considerar, a nivel internacional, como una Nación, que tiene su Constitución,
legislación, burocracia, derechos civiles, penales, administrativos y demás. Los
dirigentes de estas naciones, independientemente de su sistema político y de la
forma en la que han llegado a su alta magistratura, desean que su nación
destaque, que tenga éxito, que se encuentre entre las mejores, si no la mejor,
en facetas de producción, consumo, orden social, trato a sus ciudadanos y todo
lo que la politología admite como sociología de la convivencia.
Hay naciones que destacan en unos u otros campos; por ejemplo,
tecnología espacial; investigación; moda; monumentos arquitectónicos; belleza
de su naturaleza; robótica; y muchos otros. Orgullo para ellas y, tal vez,
envidia para las demás. A veces se llega hasta tal extremo de que algunos
aspectos de la vida son susceptibles de compararse y ser los mejores o los
líderes.
Está el caso del deporte, en el que se ha llegado a tal extremo de que
algunas naciones son admiradas por sus éxitos deportivos. Un caso muy genuino
puede ser el de España a la que los extranjeros admiran por la práctica del
fútbol y nosotros estamos muy orgullosos de que así sea; además de que nos
permite dedicarle a este deporte toda clase de cotilleos, detalles, chismes,
chismorreos y otros “serios” análisis por parte de “sabios” que ocupan horas y
horas en programas televisivos o radiofónicos, amén de ocupar páginas y más páginas
en la prensa escrita y en informaciones virtuales mediante los ordenadores.
Como este éxito hay que mantenerlo o, incluso, superarlo, surgen
algunas actividades del Gobierno que preparan a sus representantes deportivos
en competiciones internacionales. Los países que primeramente estructuraron un
tipo de entrenamiento fueron los países comunistas, a cuyos deportistas de
élite les daban un rango militar, por el que recibían un salario y nunca
pisaron un cuartel, porque lo suyo era entrenar y participar en competiciones
deportivas. Algunos héroes de los estadios como el checo Emil Zátopek
(1922-2000); el húngaro Ferenc Puskás (1927-2006) y muchos más así lo llevaron
a cabo.
Un paso más en su osadía fue la República Democrática Alemana, de
liderazgo comunista; que fue muy admirada por sus éxitos en atletismo, con
prodigiosas marcas muy difíciles de superar. Estos deportistas estaban casi
confinados en instalaciones para que pudieran entrenar concienzudamente y bajo
controles médicos y experimentados entrenadores. Con el tiempo llegó a
conocerse que eran tratados y alimentados con sustancias que afectaban al
organismo humano; es decir, el dopaje. Se dieron algunos casos de muertes
prematuras. La Federación Internacional de Atletismo Amateur (IAAF) los
investigó y quedaron fuera de las competiciones internacionales. Hoy ya no se
da este caso porque la República Democrática Alemana desapareció integrándose
en la República Federal Alemana, de corte liberal.
Otra vía es el de las “nacionalizaciones”, es decir, deportistas
destacados de un país pobre o poco desarrollado y que otras naciones le dan con
toda facilidad la nacionalidad para que los representen. Por ejemplo es el caso
de personas de Eritrea, Etiopía, Kenia y otros lugares en los que destacan
corredores de larga distancia; suelen ser de tez oscura, delgados, largas
piernas, fuerte resistencia y que están acostumbrados a correr descalzos. Muchos
de ellos los ves en los Juegos Olímpicos o Campeonatos del Mundo de Atletismo
defendiendo a Reino Unido, Canadá y otros países ricos y, desde luego, no
tienen la pinta de un anglosajón ni el color de sus cabellos. Casi todos los países
ricos lo suelen hacer y España no es una excepción, dándole rápidamente la
nacionalidad española a atletas de habla hispana de América, o a un marroquí, e
incluso se dio el caso de un alemán que era una estrella en carreras de larga
distancia con esquíes sobre la nieve de alta montaña, deporte que en España no
se generaliza, y que aquel representante “nuestro” no sabía siquiera hablar el
idioma español, a pesar de que defendía la bandera de nuestro país.
También existen los “Centros de Alto Rendimiento”, que en el caso de España
son lugares en los que pueden tener un buen control médico y excelentes
entrenadores; se les facilita una “beca” de estudios y, con ello, se mantienen
y pueden tener profesores o preparadores individuales si están cursando una carrera,
incluso el bachillerato, en el caso de los nadadores, que destacan a muy
temprana edad antes de la adolescencia.
Luego aparecen los patrocinadores, que son empresas que hacen uso de la
imagen de estos deportistas y que les aseguran un suculento contrato e,
incluso, un trabajo para cuando acabe su carrera deportiva de élite, que no
suele ser de larga duración en años. Estas empresas comercializan y negocias
con las Competiciones Deportivas Internacionales. En fin, el orgullo patrio
existe y a mí me roza mucho el corazón. Los momentos más emotivos de mi vida
han sido cuando he podido ver por televisión a un “español” en lo alto del
podio, recibir la presea, medalla de oro, viendo al fondo ondear la bandera
española, subiendo hasta el extremo superior del mástil, acompañada de la
interpretación de nuestro Himno Nacional, con el público en silencio y puesto
en pie, redondeando con un fuerte y rotundo aplauso final de todas las personas
presentes en el Estadio. He de confesar que siempre que veo este tipo de
imágenes siento una taquicardia en el corazón y de mis ojos salen lágrimas que
acarician mis pómulos y sube la temperatura de mis mejillas.
¡Qué bonito!; ¡Qué grandeza!; ¡Qué orgullo de ser español! Así lo
siento. Pero también hay que pensar en el sacrificio del atleta laureado y del gasto
que ha tenido que hacer España para llegar a tener tan gran ocasión. Tal vez y
parodiando a don Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), refiriéndose al gran
hito del Imperio Español al vencer en la Batalla de Lepanto, cuando expresó: “La
más grande ocasión que vieron los siglos”, en la que participó personalmente
defendiendo a nuestro Imperio, costándole fiebre y perder la funcionalidad del
brazo izquierdo, rematándolo con cinco años de cautiverio en Argel por haber
sido apresado por piratas durante su regreso a España y que fue cautivo en las
cárceles de Argel, poniéndole precio a su posible liberación y con la amenaza
de llevarlo “a galeras”, lo más horrible que a una persona le puede pasar.
Por eso nuestro insigne don Miguel de Cervantes Saavedra decía que la
mayor dicha que se puede tener es la libertad. Y en este caso yo me he tomado
la libertad de escribir estas líneas.
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