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ME LLAMASTE “VELETA”

Estimado lector, recite este breve poema:

 

Me llamaste “veleta”,

por lo variable,

si yo soy la veleta,

tú eres el aire.

 

¡Ay!, ¡la veleta!,

¡ay!, ¡la veleta!,

si el aire no la mueve, mi amor,

se queda quieta.

 

¡Ay!, ¡la veleta!,

¡ay!, ¡la veleta!,

si el aire no la mueve, mi amor,

se queda quieta.

 

(Cantares populares)

 

            Canto de un hombre ante la desatención amorosa que sufre por una mujer; pero que al tiempo ese hombre la ataca tachándola de que todo el amor perdido ha sido consecuencia de la volubilidad femenina. También puede ser aplicado al caso contrario, cual es el lamento de una mujer por los continuos cambios amorosos de un hombre que la pretende.

            O este otro, en el que es la mujer la que acepta al hombre amado por muchas perrerías, infidelidades y demostraciones de indiferencia:

           

            Confesé con un cura,

que era un trolera,

de penitencia me puso,

que lu quisiera.

           

            Y yo lu quise,

y yo lu quiero,

porque la penitencia, mi amor,

cumplirla quiero.

 

            Y desde entonces,

y por ahora,

prefiero morir mártir, mi amor,

a dormir sola.

 

Y desde entonces,

y por ahora,

prefiero morir mártir, mi amor,

a dormir sola.

 

(Cantares populares)

 

            Tema eterno encontrado en los más conspicuos y románticos autores literarios o de la tradición oral, transmitida por siglos y siglos desde el castellano antiguo hasta ahora, quienes devanan sus pensamientos ante la cambiante actitud de las personas frente al amor. Un aforismo chino dice: “El amor y el odio están tan separados como un diente del otro”, puede que tenga razón, pero en los juegos del amor creo que no existe tal antagonismo; algunos autores dicen que el odio es otra forma de manifestar el amor. Yo más bien me inclino en considerar que el concepto antagónico del “amor” es la “indiferencia”. Esta última es la que verdaderamente hace sufrir a la persona, llaga su alma, golpea su corazón, desconcierta sus sentidos y retuerce sus sentimientos.

            Del amor y su práctica vive la Humanidad y también es el generador de bebés, las futuras personas que, llegado el momento, también sufrirán las furias, parabienes, golpes, pasiones, berrinches, arrebatos, temores y ¿por qué no?, la indulgencia de los males que se lanzan entre sí los seres que se aman. Muchas veces la desaparición o desatención de un ser amado puede trastornar a una persona de tal manera, que es la muerte en vida, la atrofia de la sensibilidad, la locura y, quizás, la verdadera muerte física mediante el suicidio. También puede terminar en el perdón entre ambos, que es, tal vez, el momento más sublime del juego del amor.

            Sólo el que nunca ha estado enamorado sabe hablar del amor o, séase, es algo difícil de describir, gozoso de recibir y diabólico de perder. Los temas que eternamente están presentes, aunque la política de un país, o la conciencia colectiva, cambien. La idiosincrasia de las personas es algo que nunca cambiará, por mucho “feminismo” o “machismo” que se divulgue o manifieste públicamente.

            Así lo dijeron autores de melodiosas palabras y que sufrieron en sus propias carnes las mutaciones del amor. Fiódor Mijáilovich Dostoyevski (1821-1881) dijo: “Amor es un cambio completo de naturaleza, inmenso goce, en que se halla inmenso dolor, deseo de muerte en la vida, esperanza de vida en la muerte”; Madame de Genlis (1746-1830) expresa: “Donde hay amor no hay señor, que todo lo iguala el amor”; el mexicano don Vicente Riva Palacio (1832-1696) indica: “El amor me parece una de las pasiones más depuradas que tiene el ser humano”.

            Y tantos otros, entre los cuales incluyo la sabiduría del refranero español, que nos aporta brillantes perlas, como las siguientes: “De los amores, el nuevo; y de los vinos, el viejo”; “Amor, viento y ventura, poco dura”; “Amor y viento, por uno que se va, vienen ciento”; “No hay amor que no canse, ni manjar que no empalague”, y así miles y miles de refranes.  

 

 

Vicente Llopis Pastor


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