Por el anhelo de hallar por Occidente un camino corto para alcanzar las
llamadas “Islas de las Especias”, o “Islas Molucas”, muy codiciadas en aquellos
tiempos, inspiró al portugués Fernando de Magallanes (1480-1521) un proyecto
audaz que Carlos I de España y V de Alemania (1500-1558) acogió con
beneplácito, recordando, quizás, que su abuelo, Fernando el Católico (1452-1516),
enviara anteriormente y a tal fin, a Juan Pedro Díaz de Solís (1470-1516), y
que no tuvo éxito.
El 17 de septiembre de 1519 partió
Fernando de Magallanes de Sanlúcar de Barrameda para aquél memorable viaje, tan
audaz y doloroso que el propio Magallanes y muchos miembros de la expedición
resultaron muertos. Zarparon cinco naves, “Trinidad”; “Concepción”; “Victoria”;
“Santiago”; y “San Antonio”, con una dotación de 237 personas, de las que solo
regresaron a España, tres años después, 18 hombres, entre ellos el Capitán,
Juan Sebastián Elcano (1476-1526); 3 pilotos; 1 sobresaliente; 8 marineros; 1
artillero; 3 grumetes y 1 paje.
De esta forma consumaron la más
extraordinaria aventura jamás habida en la historia de la humanidad, y fue
fruto del esfuerzo de españoles que entonces habían comenzado a cimentar el “Imperio
Español” que duró trescientos años.
Los temporales, luchas, destrozo de
naves, ahogamientos, hambre, dolor y muerte fue lo que les acompañó en tan
asombrosa y excepcional singladura, realizada por hombres de gran valor que fueron
capaces de emprenderla y lograrla. Incluso hubo homicidios entre la
tripulación, envenenamientos, lanzamiento de tripulantes por la borda, muertes
por comer peces desconocidos y venenosos y todos tipo de sufrimientos. Tal vez haya sido la mayor gesta de los
españoles de todos los tiempos.
En virtud del Tratado de Tordesillas
del 4 de junio de 1494, firmado entre Portugal y España, la expedición española
sólo estaba autorizada a navegar hacia el Oeste y la portuguesa hacia el Este. Como
los portugueses habían finalizado la “Reconquista” de sus tierras a los árabes
cien años antes que los españoles, pudieron, por la vía del Este, descubrir y
asentarse en lugares estratégicos de África, mientras que España se lanzó a una
descomunal tarea de la que no conocía casi nada, tan sólo la existencia del
Océano Pacífico, descubierto por el español Vasco Núñez de Balboa (1475-1519),
al cruzar Centroamérica por el actual Panamá, y quisieron buscar un lugar por
el que pudieran navegar del Océano Atlántico al Océano Pacífico. Después de
muchos sufrimientos localizaron el, actualmente llamado, “Estrecho de
Magallanes”, la extrema punta sur del continente americano, que abrió un claro
horizonte, y se adentraron en el Océano Índico, estos dos últimos Océanos
llamados por mucho tiempo como “El lago español”; descubrieron Filipinas, a la
que dieron ese nombre en honor del que entonces fuera el Príncipe Heredero y
posterior sucesor de Carlos I, su hijo Felipe II (1527-1598) y, desharrapados,
hambrientos y casi sin fuerzas, llegaron al puerto de partida, Sanlúcar de
Barrameda, el 6 de septiembre de 1522. Sólo llegó la nave “Victoria”, ya que
las otras cuatro que partieron con ella fueron destrozadas durante el viaje; se
dice que tan duro fue el trayecto que en los últimos días se alimentaban de las
cuerdas (“cabos”, en el lenguaje marítimo), que servían para enarbolar las
velas, sujetar las jarcias; así como masticar los húmedos tablones utilizados para
sostener tan descalabrada nave. Fue muy duro pero ningún país ha logrado tan
gran hazaña.
Primeramente al mando de Fernando de
Magallanes, éste falleció luchando contra los nativos en las Islas Filipinas, y
tuvo que tomar el mando Juan Sebastián Elcano, natural de Guetaria, y uno de
los grandes marinos de nuestra historia. A las penalidades sufridas hubo que
añadirle motines, indisciplinas y desesperación ante una trayectoria tan larga
y de la que se sintieron durante bastante parte del viaje, como solos en Alta
Mar. A la fuerza física y pobre alimentación hubo que añadirle la verdadera “fuerza
del corazón” que sirvió para coronar tan portentoso viaje que podríamos
calificar como “milagroso”.
España cumplió escrupulosamente el Tratado
de Tordesillas de no tocar puertos portugueses, a pesar de lo cual la nave “Trinidad”,
mandada por Fernando de Magallanes, fue abordada por los portugueses; la tripulación
de la nave “San Antonio” se sublevó en el año 1520 y hubo de retornar a
Sevilla; la “Concepción”, en el que figuraba como Contramaestre Juan Sebastián
Elcano fue abandonada y quemada frente a Filipinas; la “Santiago” naufragó el 3
de mayo de 1520 frente a la Patagonia argentina. Al desaparecer Fernando de
Magallanes, la nave capitana “Victoria” pasó a ser comandad por Juan Sebastián
Elcano, quien completó la circunvalación recalando finalmente en Sanlúcar de
Barrameda casi tres años después de la mayor aventura que ha habido en la
historia y que fue fruto del esfuerzo de hombres del entonces incipiente “Imperio
Español”.
Así dio comienzo a un mundo
globalizado, acortado por nuevas rutas internacionales, financiación de grandes
retos comerciales y la demostración total de que la Tierra era redonda, aunque
algo ovalada. Espero que los españoles de ahora se sientan orgullosos de
aquellos españoles de hace quinientos años, que fueron verdaderos héroes y nos
dejaron un legado que creo que las generaciones sucesivas de nuestros
compatriotas no han sabido valorar. Por lo que leo y oigo en políticos y “sabios”
conciudadanos, parece que lo que debemos hacer los españoles actuales es “pedir
perdón”.
No lo consideró así el Emperador
Carlos I de España y V de Alemania, al quedar demostrada la esfericidad de la
Tierra. Nuestro Emperador recibió al Juan Sebastián Elcano y le dio por escudo
un globo terrestre con la leyenda en latín “Primus circumdedisti me” (Fuiste el
primero que me circundaste). Una réplica del cual se puede visitar en la
entrada a la Biblioteca del Monasterio de El Escorial.
¡Vítor por España!
Vicente Llopis Pastor
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