El espionaje como seguimiento, información y vigilancia de Estados
extranjeros, o de grupos incómodos dentro del propio país, ha existido desde el
mismo momento que apareció el primer hombre en la Tierra. Escritos antiguos del
Rāmāyaṇa y Mahābhārata en India; pergaminos del antiguo Imperio Chino; el
Egipto de los Faraones; el oro Persa que seducía a las Repúblicas – Estados de
la Grecia Helenística; las obras la Ilíada y la Odisea del gran poeta Homero;
las complicidades diplomáticas del Imperio Romano; y todos los hechos acaecidos
en la historia de la humanidad tienen un supuesto trascendente en el que han
actuado los “espías” como grupos de élite, a veces desconocidos, que han
servido para inclinar la balanza de una guerra de uno u otro lado.
Las rudimentarias fórmulas de espionaje que consistían en la visión “in
situ” de los hechos, dieron paso al uso de fotografías, chantajes a
autoridades, en ocasiones por actitudes y confesiones “de cama” en un
dormitorio, a medios más sofisticados que, hoy por hoy, se llevan a cabo
mediante ordenadores electrónicos que conforman redes informativas que son duplicadas,
hackeadas, protagonistas de noticias falsas, y todo cuanto de elaboración
diabólica puede hacer un país sobre una potencia extranjera o sobre sus propios
ciudadanos. Parece ser que hoy no es tan obsesivo el conocer los medios
militares de otro país y, quizás, se centren más en las debilidades que pueda
tener en el registro e información económica y de la capacidad de seguridad que
mantienen.
Hace unos días, tuve ocasión de escuchar en una emisora radiofónica una
entrevista a un escritor español, cuyo nombre no recuerdo, gran conocedor del
mundo del espionaje y sobre cuyo tema tiene publicados varios libros. Fue una
entrevista muy bien dirigida por el entrevistador y mejor respondida por el
entrevistado. En ella se confirmaba el espionaje como una parte del colectivo
social e individual, amparado por el Estado, que le dedica cuantiosas sumas de
dinero para mantenerlo y que cada vez va en una progresión geométrica
creciente, por mor de que aparecen figuras como: espía; contraespía; agente
informador; agente doble; agente falso; espionaje falso; encriptación de
mensajes; creación de información contradictoria; temas de difícil comprensión;
multitud de idiomas; desencriptación de mensajes previamente encriptados y
presentados con otros lenguajes, etc. El espionaje ha llegado a tal sofisticación
que se cuida mucho y por su carácter secreto suele ser una apetecible pieza
para cualquier persona que quiera medrar en el mundo político, militar,
científico, empresarial, económico y demás. Recuerde el lector, el interés con
el que algún político español ha tenido que bregar para formar parte de la
cúpula del Centro Nacional de Inteligencia (CNI); o el caso de un inspector
jubilado de la Policía española que, ahora, está en condiciones de hacer
tambalear los cimientos de nuestro Estado, e incluso soplar sobre las velas
encendidas de la Constitución Española de 1978.
Pero, al margen de todo ello, y a pregunta del entrevistador, este avezado
escritor vino a señalar de forma subrepticia una asignatura pendiente en la
historia del espionaje. ¡Qué curiosidad! Y, además, se trata de algo que
ocurrió hace 80 años, concretamente la llamada “reunión, entrevista o
conferencia de Hendaya”, cerca de la frontera hispano francesa, que celebraron
el 23 de Octubre de 1940, Adolf Hitler (1889-1945), Canciller del III Reich
Alemán, con el General Don Francisco Franco Bahamonde (1892-1975), Jefe del
Estado Español. Esta entrevista fue muy preparada y se llevó a cabo con el fin
de que España se incorporara a las fuerzas nazis en la Segunda Guerra Mundial,
que estaba llevándose a cabo en dicho momento, y en la que todavía no
contendían los Estados Unidos de América ni la Unión de Repúblicas Socialistas
Soviéticas. Los alemanes deseaban que España se incorporara de su lado en la
Guerra, pero la “sabiduría” del General Franco era tan extraordinaria que
solicitó para ello que España se quedara con el Peñón de Gibraltar, el
Marruecos francés, el Rif, controlar sus posiciones en África Central y Occidental,
e incluso con Camerún y otros enclaves. Después de varias horas de entrevista
en el vagón – salón de un tren en la Estación de Hendaya, lo cierto es que no
hubo acuerdo y todo se quedó en “agua de cerrajas”.
La entrevista fue muy individualizada, ya que por parte de Alemania
estuvieron Hitler y su Ministro de Asuntos Exteriores, Joachim von Ribbentropp
(1893-1946) y, por parte de España, el General Franco y su cuñado Don Ramón
Serrano Suñer (1901-2003) que, a su vez, era el Ministro de Asuntos Exteriores
de España; junto a ellos hubo dos funcionarios que hicieron la labor de
intérprete. El tema se fue quedando en el olvido por la atención que Alemania
tuvo que dar a los frentes del Este, Sur y Oeste de Europa y la prensa
española, es decir, la Agencia EFE, lo consideró un gran triunfo debido a la
sobrenatural capacidad del General Franco y a su conocida y admirable “retranca”
gallega. Sobre esta conferencia y sus negociaciones existe abundante
literatura, uno de los especialistas historiadores extranjeros sobre la Guerra
Civil española y el régimen de Franco es Paul Preston (1946), quien ha
publicado mucho. Todo lo que los españoles llegamos a saber, es que fue un
triunfo español. ¿Es cierto? Los biógrafos y periodistas del régimen franquista
lo elevaron a casi un milagro propio de quien defendía el catolicismo y la
civilización occidental. Realmente, por parte de Alemania, no nos querían por
nuestro atraso cultural, científico y destrozos de la Guerra Civil española, y
opinaban que éramos orgullosos y poco trabajadores, con la única y sempiterna
palabra de que en algunos momentos fuimos un Imperio.
Pero, hete aquí que se firmaron algunos acuerdos secretos que el régimen
español destruyó en el año 1945 cuando fue derrotada Alemania, y todo lo que
podemos estudiar son intuiciones o reacciones indirectas, pero documentalmente apenas
quedó algo. Es decir, que los “espías” no pudieron estudiar, mangonear o enfangar
el acto de la entrevista y la documentación generada porque no la hubo. Esta es
precisamente la asignatura pendiente del espionaje, el no saber qué es lo que
se habló y se decidió durante más de seis horas en el vagón-salón de un tren en
la estación de Hendaya. Un baldón para la profesión de los “espías
profesionales”.
Al final de dicha conferencia, parece ser que todos manifestaron su
triunfo; igual que ocurre en cualquier elección: Alemania porque no quería que
se uniera a su poderío un país pobre, famélico, retrasado e inculto; España
porque evitó otra guerra que hubiera esquilmado la ya escasa lana que quedaba
de nuestro anterior Imperio. Como aportación poco significativa fue la creación
de la “División Azul”, formada por militares fanáticos y falangistas españoles
que tuvieron su paño de sangre en las heladas tierras de la Unión de Repúblicas
Socialistas Soviéticas. Los que pudieron regresar coparon magros puestos
oficiales en la Administración Pública española. Por eso, los “espías” están
enfadados, ya que no pudieron aportar nada ni sacar tajada del hecho. Es decir,
como en el mundo académico, todavía es una “asignatura
pendiente”.
Vicente Llopis Pastor
Comentarios
Publicar un comentario